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Chicote y Sala, el reencuentro


Notas al margen  -  Alberto Sala Mestres
15 de junio 2026

Mi padre Narciso Sala Parera (1879-1953) y Pedro Chicote (1899-1977) se profesaban mutuo afecto.  Un sentimiento compartido que se produce en ocasiones entre dos personas que han logrado un reconocimiento a su labor, a través de la fundación de El Floridita en la Habana en 1918, y con la creación en 1931 del Bar Chicote en la Gran Vía madrileña, dos enclaves en capitales diferentes de gran popularidad a lo largo de los años. 

En la coctelería es indispensable imaginación y creatividad para lograr una mezcla perfecta en la elaboración artesanal y personalizada de cada copa: el Daiquirí y el Cóctel Chicote han sido las señas de identidad de los dos establecimientos citados. 

La amistad compartida con Xavier Cugat provocó el encuentro de ambos, cuando ya Sala se encontraba ejerciendo como Administrador de la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Cataluña, fundada en 1841, que es la asociación más antigua entre las creadas por los emigrantes catalanes. 

En la década de 1950 Pedro Chicote viajaba con cierta frecuencia desde Barcelona a La Habana y Veracruz a bordo del Marqués de Comillas, el buque insignia entonces de la Compañía Transatlántica Española (1849-2012), la empresa de transporte marítimo más importante del país que tuvo su sede en el Palacio de Linares ubicado en la madrileña Plaza de Cibeles.  Durante la travesía, Chicote se ocupaba del bar a bordo con la misma maestría que en la barra de la Gran Vía.

Tendría yo alrededor de ocho años cuando mi padre me llevó a ver un barco español atracado en el muelle.  Con la autorización de Joan Alemany, Oficial de Aduanas, amigo y vecino de mi familia, subimos la escalerilla y fuimos al encuentro de un sonriente señor que nos brindó una cordial acogida. 

Mientras me comía con apetito y curiosidad un bocadillo elaborado con un esponjoso pan de centeno, de sabor y aspecto para mí entonces desconocido, escuché la siguiente frase de Chicote cuando le acercaba un vaso de agua a mi padre:  “Bébetela, Narciso, que todavía es agua de España”.

Aunque han pasado muchos años nunca he olvidado esas palabras que reflejan, de forma cristalina, la nostalgia del emigrante.




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