Notas al margen - Alberto Sala Mestres
En mis primeros años en Ginebra como funcionario español de las Naciones Unidas mantuve una cordial amistad con Juana Heller, madre de la pianista Martha Argerich (n. 1941), a quien solía acompañar junto a nuestro común amigo, Héctor Cuadra, a determinados actos culturales, exposiciones y conciertos.
Recuerdo con especial significación uno de los últimos conciertos del pianista, Arthur Rubinstein (1887-1982) en el Victoria Hall (Ginebra), el 14 de marzo de 1972. En el programa figuraban obras de F. Schubert, J. Brahms y F. Chopin, concluyendo con la interpretación de la Rapsodia Húngara Nº 12, de F. Liszt.
En el mundo de la música clásica existe el consenso de que sus interpretaciones al piano poseían un sonido inconfundible, seguro, redondo, lleno de claridad y sonoridad, capaz de matices impensables. En mi caso, sin llegar a tener una amplia formación musical, puedo afirmar que en aquella ocasión escuché el piano con un sonido muy especial difícil de definir.
En abril de 1975 Rubinstein ofreció su último concierto oficial en el Wigmore Hall de Londres, acompañado en esa peculiar ocasión por la Orquesta Sinfónica de Londres, dirigida por André Previn, interpretando magistralmente el Concierto para Piano Nº 2 en Fa menor Op. 21 de Frederic Chopin (1), cuando la ceguera ya le impedía al pianista realizar una vida normal.
A lo largo de su vida Arthur Rubinstein tuvo siempre fama de ser un hombre optimista y, como lo calificó Thomas Mann, “un virtuoso feliz”. Tuve ocasión de presenciar su especial sentido del humor en el Victoria Hall de Ginebra cuando, al terminar el concierto, acompañé a Juana Heller a saludar a su amigo pianista a la puerta del camerino. Con una sonrisa y mirándola a los ojos, Rubinstein, -que tenía ya 85 años- le preguntó, moviendo rápidamente los dedos de ambas manos como si tecleara el piano, “¿Juanita... hago progresos?”.
Otra anécdota suya muy conocida tuvo lugar en un concierto programado en Palma de Mallorca, en 1968: viendo que el desesperado afinador no acertaba a ajustar una nota, Arthur Rubistein le dijo con una pausada tranquilidad: “Déjelo, hombre. Si la gente no se va a dar cuenta”.
Genial persona y pianista.
(1) https://www.youtube.com/watch?v=B3r4EgwLqMM
Muy interesante, gracias
ResponderEliminarQue afortunado eres Alberto, cuántas amistades tienes, sobre todo femeninas. Doblemente afortunado por tener esa memoria portentosa. Ya me presentarás algún día a Juanita
ResponderEliminarPues si, yo lo escuchaba mucho en discos de vinilo, que al parecer, ahora vuelven a estar de moda.
ResponderEliminarNos cuentas detalles que no leeremos en ninguna bibliografía, anécdotas y como en este caso el sentido del humor del musico. ☺️ Gracias Alberto
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