En la ya lejana década de 1960 compartí habitación en la Residencia Universitaria Egidio Trezzi, ubicada en Milán, con Pietro Miglorini, un estudiante de la entonces novedosa carrera de periodismo en la Università degli Studi di Milano Statale. Los tres años que pasé en su compañía a ratos me permitió adquirir un conocimiento aceptable del idioma del país, aunque nunca llegué a adquirir la maestría de mi amigo Pietro y su lenguaje gestual, que lograba ver de vez en cuando me invitaba para que conociera la ciudad a fare una passeggiata para ver y ser visto, que podemos resumir en la popular frase dolce far niente (el placer de no hacer nada).El gesto italiano más famoso del mundo, símbolo universal de la italianidad, se ejecuta uniendo todos los dedos de la mano (pulgar, índice, medio, anular y meñique) con las puntas que se tocan formando un “capullo” o “piña”, y moviendo repetidamente la mano arriba y abajo a la altura del pecho o del rostro. El movimiento parte de la muñeca y puede ser más o menos amplio (véase supra). La expresión facial es interrogativa, perpleja o exasperada, con cejas fruncidas y labios apretados o semiabiertos.
Los dedos unidos en movimiento representa la recolección y la concentración de una pregunta, de una petición de aclaración o de una contestación. Es probablemente el gesto más estudiado, representado y caricaturizado de la cultura italiana y se utiliza en infinitas situaciones comunicativas: para pedir explicaciones cuando no se entiende algo; expresar exasperación hacia peticiones repetidas o inapropiadas; contestar afirmaciones incomprensibles o ilógicas; preguntar qué quiere alguien de nosotros o expresar perplejidad ante comportamientos extraños. Es el gesto más versátil del repertorio italiano, usado cotidianamente por todos y representa perfectamente el enfoque italiano a la comunicación: directo, expresivo, emotivo e inmediatamente comprensible.
Para invitar a la calma y sugerir moderación se utilizan las manos abiertas, palmas dirigidas hacia abajo, haciendo un movimiento lento y repetido de arriba hacia abajo, como si se quisiera “bajar” físicamente el nivel de agitación. Los brazos pueden estar semi extendidos delante del cuerpo. La expresión facial es calma y tranquilizadora, con voz baja y tono pausado si se acompaña el gesto con palabras. Tiene orígenes en la gestualidad universal del apaciguar, donde el movimiento hacia abajo simboliza el descenso de la tensión, de la energía negativa y de la agitación. Está profundamente enraizado en la comunicación no verbal humana y se usa instintivamente en situaciones de conflicto o estrés. El movimiento lento y controlado comunica que quien lo hace ya está en un estado de calma e invita al otro a alcanzarlo.
El gesto supersticioso por excelencia de la cultura italiana se ejecuta cerrando el puño u extendiendo índice y meñique, formando precisamente unos “cuernos” y dirigiendo el gesto hacia abajo o tocando algo, tradicionalmente hierro o madera, pero también simplemente el propio cuerpo y debe hacerse con cierta discreción añadiéndole una expresión que puede ser neutra o ligeramente preocupada.
Considerado como el más antiguo y difundido e la cultura italiana y mediterránea, sus orígenes se pierden en la noche de los tiempos y entrelazan creencias paganas, simbolismos fálicos apotropaicos (que alejan el mal) y tradiciones campesinas. Los “cuernos” simbolizan protección contra el mal de ojo y la mala suerte, y es un símbolo tan poderoso que ha llegado hasta nuestros días prácticamente invariable. Se suele utilizar cuando se pronuncian o se escuchan palabras de una posible mala suerte (hablar de enfermedades, accidentes, muerte), cuando se pasa delante de cementerios o lugares considerados infaustos, o simplemente como una protección de carácter general.
Para no extenderme más sobre el tema, incluyo una última referencia a un gesto de impotencia afectuosa ante una situación determinada, que se ejecuta uniendo las palmas de las manos delante del pecho, como en posición de rezo, haciéndolas moverse arriba y abajo con un movimiento ondulatorio continuo, como si “rebotaran” en el aire. Las manos unidas oscilan verticalmente manteniendo las palmas presionadas juntas, comunicando “ma che ne so io” (pero qué sé yo) o “non dipende da me” (no depende de mí). En este caso, la expresión facial muestra una resignación bonachona en la que los hombros se encuentran ligeramente levantados y las cejas alzadas mientras la boca forma una pequeña “o”, y que también puede ser una sonrisa apenada, o una mirada que dirigida entre el interlocutor y el vacío, con un movimiento que transmite un sentido de ligereza e inevitabilidad.
Ese curioso gesto combina elementos de la gestualidad del rezo secularizada con la comunicación de impotencia. Las manos unidas en posición de rezo, históricamente símbolo de súplica divina, se convierten en una forma de comunicar que la situación está “en manos del destino” o, en todo caso, fuera del propio control personal. Está profundamente arraigado en la cultura italiana del fatalismo benévolo, donde se reconoce con cierta ligereza que muchas cosas en la vida no dependen de nosotros y no tiene sentido atormentarse. El movimiento arriba y abajo añade una dimensión de “flotamiento” emocional, como si se estuviera navegando sobre las olas de lo inevitable sin poder cambiar el rumbo. Este curioso gesto representa el enfoque italiano al concepto de responsabilidad: claro cuando se puede actuar, pero también honesto al admitir los propios límites con una ligereza que desarma.
Como nota final, en el caso de que algún italiano leyera este texto, le pido cordialmente que incluya su propia versión en los “Comentarios”, ubicados a continuación, que forman parte del envío de todos los artículos de este blog.
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